Hay posturas que no solo trabajan el cuerpo, sino que tocan memorias profundas. Ustrasana es una de ellas.
Este Asana nos invita a abrir el pecho, a ofrecer el corazón. Pero no desde el esfuerzo o la exigencia, sino desde la entrega. Desde ese lugar tierno y a veces vulnerable donde habita lo que sentimos y, muchas veces, lo que callamos. No se trata solo de llevar la cabeza atrás. Se trata de abrirte a ti misma. De volver a confiar. De rendirte.
Mi experiencia con esta postura
Recuerdo que hubo un tiempo en el que solo acercarme a esta postura me provocaba un nudo en la garganta. Mi cuerpo resistía, pero no por falta de flexibilidad… sino por protección. Ustrasana me confrontaba con el miedo a soltar el control, a exponerme, a decir “esto soy, con todo lo que hay en mí”. Con el tiempo, comprendí que abrir el corazón no es algo que se logra… es algo que se permite. Un gesto pequeño, una respiración profunda, un día en el que decides confiar un poquito más.
Recuerda: lo importante no es qué tan profundo llegas en la forma, sino qué tan honesta estás siendo contigo misma en el proceso.
- Como armo Ustrasana (el camello): Esta postura puede parecer intensa al principio, pero con pequeños ajustes y mucho respeto puedes hacer de ella un refugio profundo y sanador. Antes de llegar a ella recuerda hacer una previa práctica de yoga para que el cuerpo tenga el calor necesario.
- Usa la muralla como aliada: Apoya tus muslos contra la pared para mantenerlos firmes y estables. En Ustrasana, aunque no lo creas, la fuerza y el sostén nacen desde los muslos, no desde la espalda.
- Apóyate en bloques: Coloca bloques a los lados de tus pies para apoyar tus manos. Esto te ayudará a elevarte con mayor seguridad y a liberar presión innecesaria en la columna baja.
- Eleva tus talones si lo necesitas: Apoya los metatarsos (dedos de los pies) en el suelo. Estar un poco más elevada te dará mayor espacio y descongestiona la zona lumbar, permitiendo un arco más suave y consciente.
- Mentón al pecho al inicio: No necesitas llevar la cabeza hacia atrás desde el primer momento. Puedes mantener el mentón hacia el pecho y enfocarte en abrir el pecho y el corazón sin forzar la cervical.
- La salida siempre es por delante: Cuando salgas de la postura, hazlo lentamente hacia el frente, con ternura. Nunca por detrás. Escucha tu cuerpo y acompáñalo con cariño en ese regreso.
- Descansa en Balasana: Finaliza con un momento de recogimiento en la postura del niño. Deja que todo se asiente. Observa lo que emergió. Respira profundo. Agradece tu entrega.
Cada postura es un viaje hacia ti. Tómate el tiempo. El cuerpo siempre sabe cuándo es el momento de avanzar… y cuándo es el momento de sostener.
